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Artículo Original

Soliloquios de una persona mayor

Leonardo Strejilevich

Revista Geriatría Clínica ;():0037-0039 


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Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.

Fuente de información Meducatium Editora. Para solicitudes de reimpresión a Revista Geriatría Clínica hacer click aquí.

Recibido | Aceptado | Publicado 2018-06-30

Figura 1. Las ruedas de la vida.

¡Qué contraste entre lo que fui y lo que soy! Siendo lo que ahora soy, conservo todavía algunos rasgos significativos, útiles y funcionales de lo que fui. Nada soy, a esta edad, que no provenga directa, fatal y consecuentemente de lo que ya antes era.
Me quedan dos opciones: resignarme, sin poder despejar de mí la bronca y la desesperanza ante la angustia de la degradación o proponerme no descartar la posibilidad de vivir cuanto y como sea posible, mitigando mi corrupción, con algún tipo de renacimiento inventado en el que todo lo que se ha ido pueda volver, aunque de otro modo.
La inquietud y la zozobra son un veneno que literalmente mata. A esta edad, me conviene tener una cierta indulgencia para conmigo mismo, tratar de armonizar las cosas, las certezas y las incertidumbres de la vida con mi pensamiento y mis posibilidades de acción; resguardarme de lo que no me conviene y me hace daño inútilmente.
Existir no es fácil ni cualquier cosa; me niego a ser desplazado de la vida mientras no esté formalmente muerto. Si existo por dentro, que es existir de veras, solo así puedo decir que estoy aún vivo.
Si he merecido la vida y la he justificado, merezco tener una salida honrosa hasta en la muerte; como siempre y pese a todo, allá vamos...
He metido muchas veces las manos en la pasta del mundo y con frecuencia cometí el error de querer moldearlo a imagen y semejanza del proyecto racional que ilusoriamente forjé, pero al mismo tiempo, fui moldeado por ese mismo mundo al que todavía pertenezco.
Muchas veces consideré como válidos mis derechos, pero no tuve respaldos y la fuerza personal para reivindicarlos.
Me di cuenta de mi fatal metamorfosis según pasaban los años; tuve innecesarios enfrentamientos de consecuencias imprevisibles y me di cuenta de que las crisis no respetan casi nada.
No me acaloré por el imbécil, el fanático o el dogmático convencidos y obnubilados por lo que creen; me fastidió siempre la miserabilidad de los enfoques, la maliciosa deformación de la realidad, el desdén por las evidencias irrefutables.
No me negué a escuchar, pero rechacé por irrelevantes los argumentos esgrimidos como hábitos del pensamiento; disculpé los actos malformados y deliberados, aunque fueran odiosos, y vi, con perplejidad, que las deficiencias afincadas en los demás sustituían con ventaja al talento y a la capacitación.
Carezco de gracia y sin embargo soy un ser risible; acepté las bromas sobre mí cuando no eran estridentes, acusadoras o vulgares y me he regocijado con los bromistas. Denuncié con razones lo que me parecía mal y no utilicé la amistad propicia para fabricar tapaderas para mis errores.
Alejandro el Magno decía “lo hemos conquistado todo y no conservamos nada”; así es hasta el final aún si se tiene la razón, toda la razón, pero nada más que la razón y, por eso, admitir que casi siempre nos equivocamos.
Me queda claro que no necesité enemigos para ser yo mismo y que yo, finalmente, era el peor enemigo de mí mismo.
Mi largo entrenamiento para tratar la carne y el alma humana me destrozó y me dejó exhausto, pero comprendí y me reconcilié con el sufrimiento; abandoné el combate contra la muerte y rescaté la vida.
Hoy, que he perdido mi ocasional y evanescente atractivo por la edad que tengo y las enfermedades que padecí, sin embargo, no han hecho disminuir la belleza de mis desperdicios, aunque los demás no coincidan con esta afirmación.
Traté de gestionar en lo que me tocó, sin pactar con vileza con nadie; no fingí la más de las veces, pero me mostré hipócritamente benevolente de acuerdo con la rispidez de las circunstancias.
Me propuse no intimidar ni imponerme; decidí, cuando pude, por lo mejor para otros y fracasé y me desilusioné incontables veces. Opté por no ser censor de los demás y no aliarme con los que más pudieran beneficiarme. Me propuse, también, no dejar víctimas a lo largo de mi camino porque, además, las hubiera llevado cargando sobre mi espalda como un criminal hasta el final.
Procuré considerar el horror del sufrimiento y del ejercicio de la medicina siempre con rostro humano; muchas veces tuve miedo, pero esto reforzó mi respeto por el uso de la libertad responsable y la de los seres humanos.
Soy amigo de la sociedad, pero descreo de la institucionalización de sus problemas y necesidades; las relaciones entre las personas se basan en la cuota disponible de la capacidad de amar que se tenga y de la manía de salvarse junto a y con los demás.
Recordé, siempre, que la vida nos necesita a todos y que servicio es el vicio de ser y de dar.
Hice un nido en un alto risco y volé desde allí tan lejos como pude; de lo imposible no guardo nostalgia; amo las causas perdidas, pero no deseo perderme con ellas.
Me esforcé para no dejar que la parte terrible de mi experiencia se convirtiera en mí en agotamiento y vejez.
Presumí de tolerante y nunca decreté por derecho propio que alguien o algo no tiene cura ni solución y aprendí que las personas deben decidir por sí mismas el momento de decir que sí o que no, de ser desahuciado, de decidir morir. Me insuflé dosis crecientes de humildad para contrarrestar el exceso de soberbia de mi formación.
Aspiré a no violar la necesidad de mi ser y entendí a Santo Tomás cuando decía “que lo necesario es lo que no puede no ser” y esto se consigue con la voluntad y la pasión. Mi necesidad, mi cadena en el cuello, mi grillete, mi yugo, fue autoimpuesto.
He llegado a viejo y el lazo o la atadura a mi propia historia, a la de mi generación y a la de mi vapuleada Patria no se ha desatado ni roto.
Al ser mayor, ya no me interesa donde radica el poder, la fama y las fórmulas usuales del bienestar de nuestra civilización...
Renuncié, hace mucho, a las ritualidades burocráticas de la militancia política, pero me acuerdo todavía de cuatro o cinco consignas gastadas que usaba en mi juventud; la pasión por enmendar la realidad en que vivo son solo briznas y rescoldo; no pude ser un redentor; con la edad, mi capacidad de lucha está embotada pero sigo siendo rebelde e inconformista, víctima al fin de un Estado indefendible, parsimonioso, que monopoliza el poder y que me mantiene, a esta edad y junto a tantos millones de viejos como yo, con falsas justificaciones, que utiliza un cinismo histórico y un pragmatismo asocial; vivo en una estructura desigual, explotada, adocenada; los trucos de la imaginación estatal no me ayudan a vivir.
La tenebrosa prótesis de esta estructura social no ha permitido superar las frustraciones a mis padres y yo acumulé con las de ellos las mías; esto me convirtió en un ser obsesivo y fóbico, pero no guardo rencor ni resentimiento.
Me di cuenta, hace mucho, que estaba excluido de cualquier supuesta tierra prometida y ahora, que soy viejo, por fin pude, en parte, sacudirme la normativa universal, la ley, mi timorata rutina, mi vergonzosa adhesión y aceptación sin protesta de normas y más normas, la vigilancia, la censura, el sometimiento, la coacción, el manipuleo, el castigo y, no sé cómo, llegué hasta aquí sin ser ejecutado. Por fin, ahora, puedo rechazar el lastre que me abrumó durante tantos años.
Ahora, soy un viejo afable, doy la impresión de tener cierta cordura y ya no tengo una razón esclavizada; soy mucho más libre gracias a la edad y estoy dispuesto más veces a decir “no”.
No deseo ser un viejo demasiado normal, demasiado sensato, demasiado sumiso y agradecido, aunque me condenen a la soledad y finalmente a ser el gran perdedor del tiempo que pude vivir –como todo hombre-, que es una trama “de polvo, tiempo, sueño y agonía”. Ya no tengo piedad morbosa por mis propios males, ni tengo ganas de jugarme una carta para quedarme si, de todos modos, no me voy a quedar...
La vanidad, que es la última forma de optimismo, la perdí; el porte, el pelo, los dientes también; el diamante de mi interior, si lo tuve, ya no es puro, traslúcido y perfecto; tiene varios carbones, lo clivó y redujo la vida vivida; ya no vale casi nada.
Nada ahora es para mí urgente, inminente, importante, impostergable; salvo este hermoso sol de esta tierra y una rica comida que me espera en casa. La única injusticia que me preocupa es la que no me deja ser como yo quiero y me den menos de la mitad de lo que necesito “ahora” para vivir.
Mi ola ya pasó. “Solo hay un momento para cada ola, no más, y quizá una sola ola para cada uno”; todo es preferible a lo inacabable; por lo menos estoy seguro de que habrá un final: lo que se da, se acaba.
Ya no soy peligroso para nadie salvo para mí mismo; todo el daño que me correspondía hacer ya está cumplido y el haberlo hecho, aún sin intención, me desmoraliza.
Estoy al borde de ser definitivamente olvidado y también olvidarme yo también de mí; de esto, nada podré contar a nadie que me escucha; lo que conviene es reunirme conmigo mismo y no renunciar a seguir la búsqueda, aunque al final, esté el silencio.
Al final de esta historia, no sabré nunca si me salvaré; tal vez no lo merezca.

Alejandro III de Macedonia (356 a. C. - 323 a. C.), másconocido como Alejandro Magno o Alejandro el Grande, encontrándose al borde de la muerte,convocó a sus generales y les comunicó:

  1. Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los mejores médicos de la época.
  2. Que los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas), fueran esparcidos por el camino hasta su tumba.
  3. Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos.

Uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuáles eran sus razones.
Alejandro le explicó:

  1. Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar.

  2. Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.

  3. Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que venimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos, cuando se nos termina el más valioso tesoro que es el tiempo.

El tiempo es el tesoro más valioso que tenemos porque es limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida que nunca podremos recuperar, nuestro tiempo es nuestra vida. El mejor regalo que le puedes dar a alguien es tu tiempo.

 “Ya somos el olvido que seremos” (Jorge Luis Borges).

“¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!” “¡Oh Señor mío –dije yo entonces–, a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos, y cuán poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida!” (del Lazarillo de Tormes).

Este artículo no contiene material bibliografico

Autores

Leonardo Strejilevich
Médico, Exprofesor Regular de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad de Salta. Exdocente de la Facultad de Medicina y de la Facultad de Farmacia y Bioquímica. UBA, Rep. Argentina..

Autor correspondencia


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Titulo
Soliloquios de una persona mayor

Autores
Leonardo Strejilevich

Publicación
Revista Geriatría Clínica

Editor
Meducatium Editora

Fecha de publicación
2018-06-30

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